Por Natalia Tolsá
En 2018 me invitaron a jugar con el equipo profesional de futbol de las Tiburonas Rojas de Veracruz. En ese entonces la Liga MX Femenil llevaba solo un año existiendo y, definitivamente, no era ni un poco como la conocemos ahora. Los partidos se jugaban en el formato, que este año ha regresado, de dos grupos en lugar de tabla general. Los equipos no tenían la obligación de realizar los partidos en estadio. La inversión en general era muy baja. Y las condiciones de vida de las futbolistas eran bastante precarias.
También es importante mencionar que, si bien el desarrollo del futbol femenil en México era aún bastante deficiente, el equipo de Veracruz se encontraba en una situación todavía más extrema. El Club Deportivo de Veracruz estaba en una crisis económica e institucional en todas sus instancias, y, de hecho, un año después de que yo estuviera ahí fue desafiliado por malos manejos administrativos, especialmente debido a los meses de sueldos sin pagar a jugadores y jugadoras.

En un torneo universitario, el Director Técnico del Veracruz se acercó a mí para extenderme la invitación a jugar. Yo estaba en segundo semestre de la carrera y no terminaba de convencerme de aceptar, pues ser futbolista profesional nunca había sido parte de mis planes y yo deseaba titularme como socióloga. Aún así, tras darle algunas vueltas, decidí intentarlo, pues, como me comentó mi mamá en su momento, ir a jugar sería una experiencia única que valía la pena vivir. Fui a un par de visorias que eran requisito para entrar y al cabo de dos semanas, ya me estaba trasladando de manera definitiva a Veracruz.
Dentro de la propuesta que me realizó el DT, me dijo que por venir de fuera del estado se me podría apoyar con hospedaje y, posiblemente, alimentación. De cierta manera cumplió con ello. Llegué junto con otras tres compañeras a lo que, nos habían dicho, sería algo así como “la Casa Club”, que resultó ser una medianamente abandonada propiedad del Director Técnico. En la casa había goteras y cucarachas, la parte de abajo se inundaba, y no había gas ni para bañarse ni para cocinar. Resultó insostenible permanecer ahí, así que otra compañera nos permitió quedarnos en su sala en lo que encontrábamos otro lugar en donde vivir. Después de unos días encontramos una pequeña casa que rentamos entre cinco jugadoras, más la pareja de una de ellas y su hija.
Con un sueldo de 3,500 pesos mensuales sosteníamos una casa de la que había que pagar renta, luz, agua, teléfono, internet, mantenimiento y alimentación; más los gastos de transporte a los entrenamientos, que solían ser dos veces al día y no eran nada cerca. Yo tenía el privilegio de que mis papás contaban con la posibilidad de apoyarme, pero aquellas compañeras que no tenían esa ayuda extra, se veían obligadas a salir a trabajar repartiendo comida por aplicación para completar sus gastos.
Al inicio entrenábamos en el Club, en las mismas canchas que las fuerzas básicas del equipo, pero posteriormente nos mandaron a entrenar a unos campos que estaban bastante lejos del Puerto y que no estaban en las mejores condiciones, el baño era un escusado sin tapa, sin papel, sin agua, sin luz y con una puerta de madera a punto de caerse; al salir de los entrenamientos, sobre todo en fines de semana, había señores que habían terminado de jugar y estaban cambiándose y tomando cerveza, el pasto de la cancha no estaba mal, pero la rodeaba un riachuelo que albergaba todo tipo de bichos. Recuerdo una vez que estábamos a mitad de una charla técnica y salió una pequeña serpiente que atravesó por en medio de todas las jugadoras.

Respecto al trabajo complementario de gimnasio, nutrición y psicología, este era prácticamente inexistente. Al gimnasio pudimos entrar, en total, dos veces a lo largo de la temporada porque “el primer equipo”, es decir, el equipo varonil de primera división, lo ocupaba. A la nutrióloga la vimos dos veces, una para que nos diera una charla general sobre la alimentación que debíamos llevar y otra para que nos midiera niveles de grasa y músculo; siempre me pareció peculiar la exigencia respecto a los pesos porque, con el sueldo que recibíamos era realmente difícil llevar a cabo la dieta sugerida y, al no poder acceder al gimnasio, tampoco era sencillo aumentar el nivel muscular.
De lo que no me puedo quejar es del trato en los partidos, ahí era cuando más me sentía como una profesional. Nuestros partidos de local eran siempre en el Estadio Pirata. Los viajes largos los hacíamos en avión. El vestidor, tanto de local como de visitante, estaba siempre listo para recibirnos, encontrábamos nuestro uniforme acomodado, con un dulce encima. Nos cambiábamos, teníamos la charla técnica y salíamos a la cancha por los túneles. La gente nos pedía fotos y autógrafos al final del partido.
Al margen de esto, la exigencia y presión de los partidos era muy alta, me sentía realmente bajo el reflector. Había que lidiar con la presión de la mirada de mis compañeras, del cuerpo técnico, del rival, de la gente del estadio, y de la gente que nos veía por la televisión. Si bien yo había jugado en un nivel de competencia bastante exigente, siempre me había sentido respaldada, pero aquí sentía que cualquier error sería altamente costoso. Dejé de disfrutar el fútbol. Cuando jugaba estaba más preocupada por no equivocarme, por que no me sacaran, por la presión del público, que por simplemente jugar.
Y es que ahora que lo veo en retrospectiva y con mucha más madurez, claro que me iba a presionar y claro que mis compañeras estaban también muy presionadas y estresadas. Estábamos entrando a un espacio históricamente masculino, que no estaba hecho para nosotras. Había un nivel de exigencia que no era correspondiente con las condiciones bajo las que trabajábamos. Todo nuestro cuerpo técnico era masculino y para ellos era muy fácil exigir desde su experiencia. Cuando fallábamos en los partidos recibíamos gritos y reclamos desmedidos, alguna vez en un medio tiempo el enojo del DT fue tan intenso que terminó pateando un bote de basura, la masculinidad en su máxima expresión. Una de las pocas veces que vimos al Director Deportivo fue cuando bajó al final de un partido para regañarnos por nuestro desempeño, pues “lo estábamos dejando en ridículo”.

Las dinámicas violentas estaban tan normalizadas que ni yo misma las veía. Comentarios del entrenador como “a ver si le entienden a este ejercicio porque los hombres apenas y le entendieron”, competencia entre jugadoras por la atención del cuerpo técnico; el intento de avanzar a través de pasar por encima de las demás. Cápsulas para redes sociales llamadas “Un rapidín con…”, que eran videos cortos en los que nos hacían preguntas sobre nosotras y que, claro, jugaban con el doble sentido de lo que significa “un rapidín” y la facilidad de vender eso al público.
Ahora, ocho años después, con una visión mucho más amplia, crítica y sociológica, he podido acomodar todo lo que viví como futbolista profesional. Soy capaz de ver los matices de la experiencia. Jamás me arrepentiré de haber aceptado ir a jugar, porque aprendí, crecí, disfruté y viví cosas que nunca hubiera podido vivir. Pero también veo todas las complejidades que hay dentro del mundo del fútbol profesional femenil. Y si bien la liga mexicana ha avanzado, (tiene muchos más recursos, más apoyo, mayor visibilización, los clubes se lo toman más en serio y las jugadoras se encuentran en mejores condiciones); al final sigue estando en una estructura que responde a los intereses corporativos.
Con esta crónica, lo que me gustaría es que como personas interesadas en el fútbol femenil critiquemos constantemente las condiciones de la liga profesional. Que no idealicemos lo que significa ser una futbolista profesional y nos permitamos ver los matices que existen. Que recordemos que si hasta las jugadoras como Jennifer Hermoso o Scarlett Camberos sufren violencia dentro de la estructura profesional, aquellas que pertenecen a instituciones con muchos menos reflectores, como Necaxa o Puebla son mujeres trabajadoras que resisten de manera diaria situaciones de violencia y de precarización laboral. Y lo que nos toca como seguidoras es continuar exigiendo condiciones dignas, seguir luchando para que las dinámicas de violencia que se han reproducido en el fútbol de manera histórica no se den dentro del fútbol femenil, y para que este deporte sea un espacio de trabajo digno libre de violencia.

