El tiempo se mide diferente cuando hay futbol
Por Verónica Mondragón
Efectivamente, el tiempo se mide en mundiales, y no porque hayan pasado cuatro años desde Qatar 2022, sino porque a veces parece que este torneo de cinco semanas fue eterno y otras se sintió como un suspiro. La pasión estuvo a tope y para eso no hay minutos, segundos ni pausas de hidratación que alcancen.
Fue durante el segundo tiempo del Colombia-Uzbekistán que perdí mi empleo, en el que estuve siete años. Y unos días después, estaba en cama, con escalofríos por una gripa rara de esas que se tratan con paracetamol nada más, supuestamente.
“Es psicológico”.
Me dio igual. Con bufandas y doble chamarra, salí a cenar para verme con mi mejor amiga, que vive del otro lado del mundo (literal) pero ahora estaba en México.
Me regaló dos periódicos de edición especial por la conmemoración del nacimiento de la República Italiana hace 80 años.
Después de hojearlas, concluí que el sueño de abolir a las monarquías parece más una idea nostálgica que un plan a futuro.
“Nuestra fiesta”, dice Il Giornale en su titular.
Un día después de vernos y escucharnos, México le ganó a Chequia (antes República Checa, antes Checoslovaquia) 3-0 y con eso, mi selección tuvo nueve puntos. En otros mundiales terminábamos con cuatro puntos, con algún gol heroico y la eterna promesa del quinto partido.
“A este le ganamos, a ese le empatamos y aquel nos gana”.
Esos goles de Tiloncito, Quiñones y Maguito los grité como pocos, obvio abrazando a mi hermana y a mi prima (Las más FIFAS <3). Y cumplimos lo que habíamos planeado: “Vámonos al Ángel”.

Aunque amo el fut, he llorado por finales perdidas desde chiquita, veía Acción y juntaba álbumes, nunca había ido al monumento más famoso de mi ciudad para celebrar un partido.
Caminamos del centro a Reforma para ver el “quiere volar”, el remo noruego y hasta el Cielito Lindo (que esa canción deje de ser whitexican, por favor y gracias).

Y en medio de la multitud acaparando la zona, apareció la columna del Ángel, iluminada con el verde, blanco y rojo, brillando con un dorado en la punta enfrente de nosotras.
Con ese paisaje celebré nuestra mejor fase de grupos de la historia, con nombres como Erick Lira, Tala Rangel (mi portero) y Gil Morita para posicionarse como referentes y darnos esperanza para lo que venga con el Tri. Y también con Piojito Alvarado que dejó el cuerpo en la cancha, que calló bocas y resistió el doble bloqueo de Inglaterra: el mejor del Mundial.
Hace 40 años (mi edad) hubo un Mundial en mi país, es normal que la nostalgia genX haya invadido a quienes decían que antes sí había un verdadero ambiente mundialista. Pero, la realidad se impuso al manto conservador y la emoción se impuso para todos los que nunca habíamos vivido una copa en casa. Y por eso, yo sabía que tenía que ir al Fan Fest.
Me fui a ver el Brasil-Japón, quería estar ahí aunque ya sé que mi verde amarelha no está en su mejor momento (y que sí, a lo mejor es por los pentecostales, por el capitalismo, o porque las glorias del pasado se acaban). Se armó la samba cuando un pequeño grupo sacó un pandeiro, bailaban en un pequeño círculo y hacían de sus aplausos un instrumento más. Cualquier lugar del mundo puede ser un carnaval si así te lo propones.
El Fan Fest está lindo, hay ajolotes, luchadores y piñatas de burrito, pero esas yo solo las he visto en las representaciones que hacen de los mexicanos que viven en EU. Igual se gozó.


Y aunque los papelitos de colores adornaban la Plaza de la Constitución, también nos sabe mal este mundial.
Primero en lo local, por las protestas de las madres buscadoras que fueron reprimidas en todos los partidos que se jugaron en Ciudad de México.
“La pelota vuelve a casa, ¿los desaparecidos, cuándo?”
Y luego los fallecidos en medio de los festejos.
Segundo, en lo internacional porque la FIFA ha convertido el deporte en un espectáculo raro más parecido al football que al fucho.
Tercero, en lo digital, porque cada mundial hay más expresiones de racismo, insultos misóginos y edadistas; el nacionalismo extremo y el odio encuentran muy buenas plataformas en las redes sociales.
Yo no creo que la solución sea dejar de ver este deporte, porque simplemente no quiero renunciar a mi pasión, y porque sí creo que son espacios que, si nos quitamos, alguien más va a ocupar. No se puede ignorar todo esto: en la tribuna y en la cancha hay guerras en las que tenemos que resistir.
Mención especial a Katia Itzel, la árbitra mexicana que hizo historia, que ha resistido violencia digital y que estuvo ahí dándolo todo y haciendo un gran papel.
Con lo bueno, lo malo y con la localía, es el mejor mundial que he vivido, con mi jersey verde, mi gorrita y el Trionda.
En estos 39 días, perdí mucho, pero mi selección ganó, descubrí que mis defensas aguantan más de lo que pensaba, que las pausas de hidratación llegaron para quedarse y que el tiempo sigue siendo relativo. Nos vemos en cuatro años
